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Tropismo Lunar

Tropismo Lunar

El cementerio lucía hermoso aquella noche. La luna llena había hecho un excelente trabajo para dejar relucientes incluso las lápidas más deterioradas por el paso de los años. En el fondo del camposanto el Viejo Ciprés abrió los ojos una vez más. Había esperado varias décadas para este momento, su noche favorita. El momento en el que él y solo él se volvía diferente del resto de los árboles que resguardaban aquel exótico e inevitable paraje.

El viejo Ciprés miró con cautela hacia abajo, después hacia su derecha y algo de lentitud hacia su izquierda. Finalente dirigió su mirada hacia arriba, en donde el conejito de la luna le guiñó un ojo en señal de complicidad. El velador del cementerio ya había sucumbido ante el sueño y el estupor del aguardiente. Este era el momento que el viejo Ciprés había aguardado desde que el Sol había teñido las nubes de color violeta. El momento de su paseo triunfal, su caminata nocturna.

Lleno de satisfacción alzó sus raices, avanzó algunos metros por la vereda ante la envidiosa mirada del resto de los cipreses, quienes permanecían en su lugar, más verdes de envidia que de clorofila.

Caminó apacible entre las tumbas, disfrutando su momento favorito, su momento de independencia.
Saludó con una gran sonrisa al gato negro, quien se había apoderado de la cripta de la familia Santiago. El felino se limitó a mirarlo con atención. Sabía que no representaba una amenaza para él. Pero definitivamente era un árbol fuera de lo común.

El Viejo Ciprés no lo sabía, pero aquel gato negro que conoció en un principio había muerto años atrás, el minino que ahora rondaba por el cementerio era el nieto, quizás el tátara nieto de aquel gato negro que alguna vez arañase su áspero tronco. Los árboles ven el tiempo diferente, algunos dicen que esto los ha convertido en seres más sabios que los humanos, tal vez un poco más nobles.

Las tumbas que yacían a su derecha pertenecían a la familia Santiago, las que estaban a su izquierda a los Mondragón. Durante siglos se odiarion a muerte. ¡Quién hubiese imaginado que terminarían todos aquí tan serenos y tan calladitos. El Viejo Ciprés continuó su caminata.

Al otro extremo del camposanto se encontraba otra hilera de cipreses. Nuestro singular protagonista había alcanzado su objetivo: llegar al añorado encuentro con el amor de su vida, una frondosa ciprés, tan grande como nuestro conífero amigo, pero delicada como una rosa.

El viejo Ciprés se llenó de alegría se acercó a ella y dijo:
He pensado en ti todos y cada uno de mis días amor.

Ella entre lágrimas respondió:
Yo también pienso en ti a diario, pero por favor, aléjate.

– ¿Qué es este trozo de papel adherido a tu cintura amor mío?

– Es un aviso de los humanos. Me da mucha vergüenza decírtelo, pero los árboles de este lado del cementerio nos hemos contagiado de una terrible plaga. Me temo que los humanos no tienen forma de acabar con ella y no están dispuestos a permitir que se propague al resto de los árboles…

– ¡Malditos humanos! No pueden hacerte esto.

– Me duele mucho, pero todos aquí estamos de acuerdo en sacrificar nuestras vidas por el bien del resto de los árboles del cementerio y de la región. Por el bien de ti y de tus compañeros. Somos parte de un ciclo mucho más grande que nosotros, no tiene caso perder a todos con tal de salvar a unos cuantos que ya estamos condenados.

– No lo puedo permitir. Exclamó furioso el Viejo Ciprés. Y tomándola del tronco la arrancó de cuajo del suelo donde se encontraba plantada.

– Te llevaré conmigo, vendrás a vivir al fondo del panteón con los demás cipreses.

– ¿No lo entiendes? Ya no hay marcha atrás. La plaga está en mi y me temo que ahora también la compartes. No podemos hacerle esto a los árboles de tu lado del cementerio. Sería injusto.

– Entonces huiremos esta misma noche a la colina detrás del panteón. Ahí podremos estar juntos para siempre, sin importar lo que los humanos o la Madre Naturaleza digan.

– Los hombres suelen ser irrespetuosos con nosotros, pero no todo lo que hacen es para dañarnos, en el fondo saben perfectamente que ellos nos necesitan a nosotros más que nosotros a ellos.
La Madre Naturaleza puede ser muy cruel a veces, pero son sus hijos más destructivos, las plagas, los que la ayudan a mantener el balance de la vida…

El viejo Ciprés se detuvo. El gato negro lo miraba sorprendido, ahora con algo de sorpresa, pues llevaba a otro arbol a cuestas. Mayor fue su sorpresa cuando lo vio dar la media vuelta y regresar en silencio por donde había venido. Colocó con la mayor delicadeza posible a su amada en el hoyo que había dejado al arrancarla del suelo y comenzó a cavar un agujero junto a sus raices.
A la mañana siguiente, una cuadrilla de hombres armados con sierras verificó las etiquetas de los árboles destinados a ser talados por estar contaminados de plaga. Al parecer los inspectores habían olvidado etiquetar a uno, no tenía importancia. Mejor talarlo que arriesgarse a perder todo el panteón.

Dos cipreses cayeron esa linda mañana al suelo, pero solo el gato negro, el Conejito de la Luna, ud. y yo sabemos que este fue el final trágico de una historia de amor.

Happy Halloween “(^_^)”

 

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