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Tercera llamada, comenzamos.

Tercera llamada, comenzamos.

Tus dedos largos y hábiles golpetean con pasión el marfil cuidadosamente ordenado en una larga fila. El aroma a abeto aún puede sentirse en el aire con cada delicado choque del fieltro contra el delgado metal. Historias de los bosques de Viena, heroicas batallas cubiertas de gloria y pasión olvidadas.

Cierro por un instante los ojos. De pronto, me encuentro corriendo descalza sobre un extenso campo de flores, el sol de la tarde acaricia mis cabellos, me nutre con su luz como lo hizo con mis ancestros. Las flores son de color violeta, algunas de ellas aún no han nacido, continúan siendo un pequeño botón en espera de que el Padre Tiempo las convierta en efímeras obras de arte.

Corro cada vez con más fuerza, ahora dando pequeños saltitos mientras doy vueltas y me regocijo sobre aquel bello paraje. Mi velocidad es tal, que antes de poder alcanzarme a preguntar lo que está pasando, mis pies ya se han alzado del suelo. Al principio solo son algunos centímetros. Para cuando me tomo la molestia de voltear hacia abajo, el campo de flores violeta ya ha quedado varias decenas de metros bajo mis plantas.

Estoy volando y te lo debo todo a ti.

Tras permitirme dar algunas volteretas en el aire, por el simple gusto de saber que puedo, haces soplar una fuerte corriente de aire caliente que me eleva hasta las nubes.
Aquí arriba todo es distinto. Con ternura abrazo a una nube gris que desentona del resto de aquel ingrávido escenario. Intento consolarla, hacerla sentir que es necesaria para que funcione la ecuación, pero ella solo llora en silencio. Cargada de melancolía, la pequeña nube gris comienza a devorar al resto de sus esponjadas e inmaculadas compañeras. Ya no puedo sujetarla, su lúgubre gris se ha apoderado de las demás nubes y su melancolía de mi alma.

Sin darme oportunidad de despedirme de mi nueva amiga, me conviertes en lluvia. Ahora caigo con fuerza sobre los tejados, azoto contra las chimeneas, me cuelo por las grietas hasta apoderarme de las paredes de un antiguo pueblo cerca del mar.

Te conviertes en un risueño niño y me pisoteas con alegres brincos, fingiendo que no te das cuenta de que soy el charco bajo tus pies. Cada salto me hiere al tocar el suelo evoca dolor, cada risotada infantil me hace sentir que cometí un grave error al entregarme a ti cuando accedí a venir a este lugar. Siento ganas de llorar, siento que me estás lastimando, siento que todo ha sido culpa mía.

De pronto estoy en una caverna, de nuevo soy un ser de carne y hueso. Es un lugar húmedo y frío, repleto de afilados cristales de color ámbar. Me rasgas las vestiduras, me haces sangrar los pies al caminar descalza sobre ellos. Ya no quiero estar aquí. Intento correr, escapar de este martirio sin salida aparente.

Sin la menor advertencia, el suelo se abre y ahora caigo vertiginosamente hacia las fauces del fondo de la tierra.
Mientras caigo puedo recordar aquel campo de flores violeta, a mi amiga la nube gris y al chico malcriado que me dio de pisotones en su inocente juego. Todo converge en este precipicio, todo cae junto conmigo hasta fusionarse con mi piel.

Silencio, obscuridad y un tenue golpe final que indica que lo nuestro acabó. Aquel torbellino de emociones en el cual me arrojaste ha llegado a una estruendosa y satisfactoria conclusión:

Una tormenta de aplausos.

Hoy me has enseñado que puedo volar sobre un jardín de flores, tan solo es cuestión de entregarte mis sentidos un par de horas. Hoy he aprendido que un piano funciona como una escalera para la imaginación. Tanto intérprete como escucha forman parte de este ascenso musical a nuevos mundos.

Gracias.

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